De lo mimético a la fotografía


"Los griegos antiguos encarnaban su relación con lo Otro (héteron) en una divinidad, también a ella extranjera (xenê), a la que llamaban Artemisa. La que habitaba más allá de los confines del territorio, en esa zona intermedia entre lo salvaje y lo civilizado, el agrós. Era ella, Diana cazadora, quien en sus estrictas reglas les permitía entrar en relación con lo salvaje sin que el salvajismo los poseyera. La que acompañaba a los jóvenes hasta el camino de la iniciación. La que, virgen indómita, atemperaba la incivilidad de las vírgenes para la disciplina del tálamo, de los efebos para la del hoplita. la que, infértil, devolvía a la cultura el extravío de las madres en el delirio del parto.

Así en la Grecia antigua la civilización lindaba con la barbarie. Quiero decir, entre la cultura y la barbarie existía un límite, un límite bien definido, una experiencia ritualizada del límite. Por efecto de la civilización, la nuestra, Lorbés parece hallarse en ese límite, a un paso de adquirir el rango de lo inculto. Pero, ¿quién podría honestamente sostener esta afirmación desde que una larga tradición cultural nos hubiera acostumbrado a pensar la cultura en términos de barbarie?.

Tanto es así que, y para resolver el embrollo, alguien, Kant es su nombre, propuso que el producto del arte bello -y que nadie dude de que la fotografía es un arte, aunque lo sea por otras razones de las habituales- debiera parecer sin intención, esto es, "considerado como naturaleza, por más que se tenga consciencia de que es arte".

Una ficción que la historia del arte se ha encargado de cumplir. Y la fotografía es su más alta expresión. Toda la oscuridad que pesa sobre la naturaleza de la fotografía se debe precisamente a que realice en toda su pureza la paradoja kantiana. Si me siguen, la fotografía, ¿es lo que nos queda de la experiencia de ese límite al que me refería?. Sí, si del arte hay que olvidarse de que es arte.

Debo explicarme, "Lorbés, un ensayo fotográfico" no consiste en la restitución positiva de la memoria de algo olvidado, raíces, señas, identidades biográficas o colectivas; por el contrario, no es sino un hallazgo, memoria del olvido, para una civilización que no puede sino olvidar. Pero que no se olvide una cosa, olvido es certeza, aquí no hay duda posible.

"Lorbés, un ensayo fotográfico" es la pasión de ese olvido radical que llamamos ignorancia. El fotógrafo, cuando es auténtico, sufre, padece el dispositivo fotográfico. Debe soportar, aún cuando él lo haya dispuesto todo, que la luz escriba en su lugar, pues tal es el sentido de la palabra fotografía. Y cuando lo que no puede ocultarse, la verdad, se revela, él ya no está ahí. Por ese motivo la historia de la fotografía es la historia de su propia negación.

Y si a Vds., como a mí, Lorbés les resulta contingentemente ajeno, no familiar, "Lorbés, un ensayo fotográfico" debe tener el defecto, ya que se trata de auténtica fotografía, de tomar lo necesariamente ajeno y, como el olvido, extrañamente familiar. "Lorbés" es el tema de estas fotografías pero en el sentido de que "Lorbés" es el tema de la fotografía. Tal es la disciplina del fotógrafo, el tema le sale, sin que pueda hacer nada para impedirlo, al encuentro, y quiero subrayar el hecho de que estas fotografías están hechas con una severa disciplina. El fotógrafo, como Picasso, no busca, encuentra, pero por la razón opuesta. El genio, como se dice, no conoce las reglas, el fotógrafo, cazador cazado, no conoce sino reglas. Las de Artemisa, la cazadora.

Acepten la guía. Déjense llevar, dramatis personae, de la mano de nuestro corifeo -el fotógrafo- de nuestra Artemisa -el dispositivo fotográfico-, en los círculos concéntricos de esta reflexión, de este tránsito, "Lorbés, un ensayo fotográfico".


Francisco Caja
fanfrio@eresmas.net

En Lorbés, un ensayo fotográfico Enrique L. Carbó, Fundació Caixa de Barcelona, 1988, s.p.




El mundo ensombrecido